No existe ningún tipo de experiencia humana que se pueda comparar a la muerte. Tan única que ni siquiera permite la posibilidad de reseña por aquellos que la experimentan, trae un miedo universal que afecta a todas las personas, sin distinción de sexo, edad, nivel socio-económico y creencias religiosas.

Debido a este miedo, sea de su propia muerte como la muerte de un ser querido y necesario, uno no puede hablar ni contemplar sus verdaderas implicaciones. Al igual que una vela se apaga, sea por su desgaste total o por el viento que sopla de repente, no hay ser humano que no pasará por la muerte y que, a lo largo de su vida, no haya tenido en absoluto preocupación por ella.

La muerte es un tabú, ya que es el mayor límite humano. El miedo a la propia muerte es una reacción comprensible por el hecho de que la naturaleza nos ha dado el instinto de conservación y no queremos tener un fin. El cuerpo quiere ser eterno, pero al mismo tiempo sabemos que nadie va a ser por siempre joven, debido a que la fuente de la juventud no existe, ninguna etapa de la vida vuelve a su estado anterior, somos ciclos entrelazados, una activa máquina biológica grande y compleja que puede dejar de funcionar repentinamente o ir cesando sus actividades si presentan problemas técnicos. Pero es agobiante para el ser humano tener consciencia de su finitud, ya que celebra la vida diaria sin pensar en la muerte.

El proceso de morir (y sus formas) también plantean un miedo que revela la fantasía de cómo va a ser el final, y cómo se produce. Ni siempre la muerte viene súbitamente. El morir puede ser un proceso lento, doloroso y venir acompañado de la pérdida progresiva del control sobre la propia vida, funciones corporales y mentales provocando el miedo a la soledad y al rechazo.

Algunas personas comprenden la muerte como un proceso natural relacionado al desarrollo del ser humano, mientras que otros, dentro de sus creencias particulares, tienen la muerte como una transición entre el mundo material y el espiritual, que pone fin a los dolores y las tristezas del mundo terrenal y a la salvación del alma privada, lejos de un castigo de un infierno colectivo. Se trata de una íntima convicción de que la fe religiosa influye en la capacidad de enfrentarse a situaciones que involucran la muerte y el morir. La religión funciona en estos casos, como atenuante convirtiendo la muerte en un hecho más aceptable y comprensible. La libertad de creencias en muchas variantes diferentes de la muerte y de la vida más allá de la muerte es un derecho de todos.

Con respecto a la muerte de un ser querido, su comparación es como a vivir una experiencia de la muerte en vida. Es la oportunidad de experimentar la muerte que no es nuestra, pero que es sentida como si una parte nuestra hubiese muerto. Es el miedo a ser abandonado, que implica la conciencia de la ausencia, la separación, la angustia y la culpa por la sensación de no haber hecho todo lo que nos gustaría, las palabras que no fueron dichas, los sentimientos que no se expresaron, el remordimiento por experiencias que prorrogamos y que ya no se pueden realizar. Es como si no hubiésemos aprovechado plenamente el tiempo que tuvimos con el ser querido que ya no está, por no hablar de la confusión sobre el futuro y la vuelta a la rutina sin la presencia de la persona. En cuanto a la separación y la tristeza, la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más intensamente dolorosas que un ser humano puede sufrir y no sólo es doloroso para los que lo experimentan, sino también a los que observa ante la impotencia para ayudar.

Con todo, la ansiedad acerca de la muerte se alivia cuando la comprendemos, viéndola como el final de un proceso natural inevitable, irreversible y universal. Si estamos vivos, caminamos hasta la muerte, nos morimos a cada momento, pero también cultivamos la vida, con los reemplazos de nuestras células, con renovaciones de nuestro ser. ¿Cuántas veces nos morimos en la vida? ¿Cuántos proyectos abortados? ¿Cuántas decepciones? Al principio la muerte nos golpea, nos congela, nos detiene. Pero, tras vivir nuestro duelo, lorar nuestros sueños frustrados, nueva vida surge: nuevos planes, nuevas posibilidades, a veces mejores que las anteriores. ¿Cuántas veces se nos hace necesario abortar a un proyecto fallido para dar paso a un proyecto más acorde con las posibilidades reales? ¿Cuántas otras veces tenemos que negar una idea para que otras puedan surgir? ¿Con qué frecuencia aquél que nos contradice y nos provoca a abandonar una posición cerrada nos mueve, a la vez al renacimiento a través de nuevas posiciones? El problema es que sentimos temor de la muerte, entramos en pánico ante ella en lugar de verla como una posibilidad de vida.

En algún momento de la vida cada uno será obligado a dar cuenta de su propia finitud, ya que es imposible cambiar el curso biológico una vez que el cuerpo físico no puede vivir después de la muerte. El tiempo es infinito, pero todo lo que está vivo muere un día, así que necesitamos saber lo que ser, qué hacer y cómo hacerlo dentro de ese tiempo.

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