El duelo es un proceso que involucra emociones que huyen de nuestro control y pueden durar mucho más tiempo de lo que pensamos. No se puede hablar con precisión sobre una secuencia de etapas del duelo. Sin embargo, la teoría más conocida de Elizabeth Kübler-Ross, quien postuló el duelo en cinco fases, que no se producen necesariamente en secuencia. Básicamente, estos pasos serían: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Ellas indican una evolución de la madurez para enfrentar la muerte. Por otra parte, es importante decir que el duelo es como si fuera una existencia aparte, cuando la vida de todos a su alrededor parece continuar, la del doliente parece estar en otra frecuencia, como una vida paralela. Estas etapas también pueden ocurrir ante otras pérdidas y frustraciones graves, como en el divorcio o en los pacientes que padecen de enfermedad progresiva. Elizabeth Kübler-Ross (1996) explica las etapas de duelo de la siguiente manera:

  • Negar es utilizar recursos para alejar la realidad que duele. Actuar como si nada hubiera pasado y aferrarse al trabajo son comportamientos comunes. La sensación de vacío y aislamiento es común en ese período.
  • En la segunda etapa, de la Ira, es común buscar un responsable por el dolor y no aceptar la impotencia delante de la muerte. Ocurre la oscilación entre los sentimientos de ira y culpa. Es decir, a veces la energía del dolor se dirige a un objeto exterior (rabia del médico, del hospital, de alguien que tenga relación en la muerte), y en otro momento la responsabilidad del dolor es auto-dirigida («si yo hubiera llegado temprano» «Debería haber notado los signos»), causando culpa. La ira en este caso puede aparecer de forma extrema, con accesos de rabia, violencia, sarcasmo, hostilidad o amargura.
  • La tercera etapa, la Negociación es común en casos de enfermedad progresiva, cuando la persona intenta «negociar» algo para no perder la vida. La negociación en este caso es intentar negociar con el destino, es todavía creer que él puede o podría haber sido cambiado por el doliente. Es no renunciar al control, así como en las etapas anteriores.
  • La Depresión es la última etapa antes de la aceptación. Quién se deprime abandona el estado de controlador de destino y pasa a reconocer las limitaciones humanas. La tristeza, desesperanza, pérdida del sentido y la amargura frecuentemente acompaña este momento. Si la persona empieza a tener alteraciones del sueño y del apetito, si no encuentra más motivación para hacer cualquier actividad, si llora mucho o sigue siendo apática, si se pone amargada y tiene pensamientos negativos que no pueden controlar, en fin… El doliente que está en sufrimiento puede contar con algún profesional desde el inicio del duelo. Sin embargo, si los síntomas se mantienen o se intensifican después de seis meses de la muerte, es fundamental este acompañamiento.
  • La Aceptación es el proceso que nos permite ver, tocar, hablar de la muerte y, al mismo tiempo, dejarla que se vaya adonde tiene que ir. Aceptar no se trata de no sentir dolor ni olvidar la muerte, pero es modificar el espacio del dolor dentro de la persona. Ella pasa a ser capaz de recordar a quien partió sin amargura, con énfasis en los aspectos positivos de la relación vivida.

El duelo es una experiencia personal y única. Cada persona se queda enlutado a su manera. Incluso después de que nos recuperamos, sin embargo, inesperadamente nos encontramos en situaciones que nos hacen sentir que volvemos a caer en el vacío de la pérdida. Cada vez que nos levantamos, nos volveremos más enteros.

La gente se pregunta cuánto tiempo lleva el duelo, como una confirmación de que están en el camino correcto. Esta pregunta se relaciona directamente con la impaciencia a que nuestra cultura tiene con el dolor y el deseo de salir pronto de este estado de tristeza y postración que pasa cuando perdemos a alguien importante. Como resultado de los valores contemporáneos, los dolientes  son animados a salir rápidamente del estado de luto. La verdad es que no fuimos educados para tratar con el dolor de la pérdida. Un ejemplo es la presión hacia el que sufre el duelo, tras la pérdida, para volver a la actividad normal. Amigos y familiares, bien intencionados pero mal informados, intentan hacer con que el doliente desarrolle el autocontrol, entendiendo que esta es la respuesta adecuada. Es común después de la pérdida de un ser querido oír frases como » A fulano no le gustaría verte llorando», «Fue Dios quien así lo ha querido, debemos aceptarlo» o «Piensa en tus hijos (marido o cualquier persona cercana) que te necesitan en estos momentos «, entre otros. El duelo es visto como algo que debe ser  evitado y no como algo que tiene que ser vivido y que traerá posibilidades de reconstrucción. Aunque estas son frases comunes que expresan la buena intención de cada uno en intentar amenizar el dolor del doliente, las mismas pasan desapercibidas en el momento en que, junto con la pérdida de un ser querido, también perdemos el norte.

Nada se puede hacer para evitar, y tampoco deberíamos intentar, pues enmascarar o huir del duelo provoca ansiedad, confusión y depresión.

Es posible vivir el duelo y salir de él transformado. Este es el trabajo del duelo: permitir que el doliente pase de víctima para sobreviviente, que no sólo pase por el duelo, pero crezca a través de él; que, como un sobreviviente no sólo sobreviva, sino que aprenda de nuevo a vivir plenamente. Pero también digo que es posible volver a ser feliz, aunque en un momento como este no sea posible creer en esa afirmación.

Vivir el duelo no significa pasar por él, significa crecer a través de él, para renovar el sentido de confianza y energía, para reconocer la realidad de la muerte y la capacidad de tornarse participativo de nuevo. El duelo es un proceso, no un evento.

Además de comprenderlo en la mente, hay que entenderlo en el corazón: el ser querido murió. El dolor que se siente ya dejará de ser omnipresente y agudo y se convertirá en una sensación de pérdida que puede ser admitida y que da paso a un significado y propósito renovado. Aunque la persona que murió nunca será olvidada, la vida puede y debe continuar a ser vivida. La pérdida es para siempre, el duelo no.

Fuente: Libro «Sobre a morte e o morrer: o que os doentes têm para ensinar aos médicos, enfermeiras, religiosos e aos seus próprios parentes» de Elisabeth Kübler-Ross, Elisabeth (1996)

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