«!Gracias, mamá¡» – 

Después de perder a su madre hace 4 años, el empresario Altair de Aguiar Prado nos cuenta en su conmovedor relato como vio el duelo transformar su percepción acerca del mundo, de las personas y del sentido de su vida.
Por texto de autor invitado 22/12/2016

En testimonio dado a Fabíola Peñas 

Sabes aquellos tipos de personas que son cada vez más difíciles de encontrar, el que dona la propia  ropa del cuerpo, sin dudar, para servir a los demás? Me refiero a un ser humano dueño de un corazón enorme, que sólo se preocupaba por hacer el bien sin medir esfuerzos. Así era mi madre. Muy religiosa, devota de Nuestra Señora de Fátima y Nuestra Señora Aparecida y que no dejaba de cumplir con sus actividades de la parroquia. Su perfil era el de una madre anticuada, conservadora y que en nada se encajaba en el perfil de la madre-amiga y confidente, sin embargo, cuando pienso en ella veo la imagen de una mujer muy preocupada, atenta a nuestro bienestar y tenía un sexto sentido agudo para identificar las amistades falsas y peligrosas. Su voz firme sigue todavía muy clara en mis recuerdos. Una voz áspera que anunciaba su conducta severa en la educación de los hijos, siempre nos cobrando a mí y a mis hermanas que tuviéramos buenos resultados en los estudios, pues, como ella decía, éramos creados para el mundo y sin estudiar no sobreviviríamos. Su frase más común era: «Un día me lo agradecerás por ser demasiado brava.» Una austeridad de las cuales sirvió para defendernos con uñas y dientes, pero que se rompía y abría sitio para la dulzura cuando decía que éramos su orgullo. Entre sus regaños y sus consejos, nos recordó que no estaría con nosotros para siempre. Sería la intuición de una madre? O simplemente una preparación para lo que dicen ser el orden natural de las cosas, ya que lo que se espera es que los padres mueran antes de los hijos?

Mi madre sufrió exactamente 9 meses. Controló la diabetes durante muchos años, pero en los últimos meses de vida sus niveles empezaron a sufrir muchos cambios. Surgieron los dolores en las piernas y una insuficiencia cardíaca que acabó en una depresión profunda. Su corazón latía débilmente y debido a eso fue hospitalizada varias veces. Finalmente, se descubrió que se trataba de un tumor en el intestino en una etapa avanzada y que, por lo tanto, ya era demasiado tarde para tratarlo. Después de sufrir dos infartos y dos derrames cerebrales, ella falleció el 04 de febrero de 2014 (jamás olvidaré de esta fecha).

Cuando recibí la noticia, aún en el hospital, la primera persona que abracé fue mi psicóloga Patricia Helcias que también la cuidaba. No fui demasiado valiente para ir a verla, no lo quise y doy gracias a Dios por no hacerlo. En seguida llegó Beto, hoy mi marido pero en aquél entonces era mi novio. Recuerdo lo maravilloso y reconfortante que fue para mí verlo. Todavía aturdido, recuerdo que salí del hospital y fue a sentarme en un banco que estaba en frente y de repente miré al cielo y dije sin ninguna revuelta, sin nerviosismo, simplemente decepcionado: Así es, Dios? Luego vinieron las lágrimas; ese llanto sin histeria; sólo un llanto muy dolido.

Una mezcla de pensamientos me invadió inmediatamente. El duelo es algo muy extraño… ¿No será el más profundo periodo de la conciencia humana? Es una confusión muy grande donde uno termina por sentirse desorientado pues se pierde a un ser querido sin que se pueda hacer nada para evitarlo, simplemente la persona deja de existir abriendo un agujero en el espacio y en su historia, trayendo con ello un silencio ensordecedor que arrebata el corazón. Uno se pregunta ¿cómo vivir sin esa persona? ¿Cómo seguir sin escuchar su voz y sin verla?

Para mí, parte de esa confusión de pensamientos también fue sentir un poco de alivio cuando supe de su muerte. Mi madre estaba sufriendo demasiado, ya no había en ella nada de aquella mujer activa y voluntaria, tampoco la persona exigente y asertiva. Estaba muy deprimida y debilitada. Durante su funeral, me acuerdo que dije varias veces lo mucho que Dios fue magnífico por permitirnos estar con ella durante los nueve meses de tratamiento y hospitalización, para poder prepararnos para la despedida en lugar de sorprendernos con una muerte súbita.

Nunca olvidaré cuando llegamos a casa después del funeral. Creo que ese fue el peor momento. Ver aún sus cosas en su sitio ha dolido y mucho. Saber que la persona no está allí aunque tu mente cree que sí te hace sumergirse en un conflicto interno que es lo que yo defino como el duelo, o más bien una lucha entre el cuerpo, la realidad y la mente para aceptar que la persona se fue, que ya no volverá.

Los primeros seis meses fueron muy difíciles. Cuando se pierde una madre, junto con tu pasado también pierdes tu referencia como persona. Grande parte de tu historia se va con aquella persona que sabía cosas sobre ti que nadie más conocía. Entrar en su casa era insoportable, una mezcla de dolor, decepción y tristeza consigo mismo, sabiendo que no se puede hacer nada para volver atrás en el tiempo y cambiar esta realidad. Ante esa impotencia y sin que yo lo pudiera evitar, me invadía un miedo de volver a pasar por todo eso. Fue cómo desarrollar un estado de alerta, pensaba «quién es el siguiente?» «Seré capaz de soportar la siguiente pérdida?” Busqué en la espiritualidad fuerzas para creer que en todo hay un propósito y, por lo tanto, todo estará bien.

Mientras tanto, la vida seguía llamándome, pues ella no te permite que pares; la gente sigue hablando y sonriendo por ahí; el día cumple su ciclo de 24 horas, pero era yo el que había perdido a mi madre! ¿Cómo avanzar?

Es interesante cómo el dolor de la pérdida te hace preguntar ¿cuál es tu papel en la vida y es entonces cuando te deparas con el verdadero significado de que en este mundo no somos nada más que una pequeña, una minúscula parte de un todo. Esta frase viene con tanta fuerza que te conviertes en la persona más humilde. Desde que ella murió, surgieron y  todavía tengo muchas cuestiones a las que reflexiono, como: Por qué maltratar o incluso humillar a alguien? Por qué ir por la vida poniendo tanta importancia en acumular cosas las cuales voy a dejar? Cuáles deben ser mis verdaderas ambiciones… Debo tenerlas una vez que sé que no me quedaré, tampoco las personas que quiero! También me pregunto a mí mismo por qué a menudo carecemos de compasión y generosidad en el trato con los demás. En medio a todo el lío de la vida para lograr nuestros objetivos, nos olvidamos de que cada persona guarda una historia y quizá la persona que despreciamos o ignoramos fortuitamente trae consigo una historia triste y dolorosa al día de hoy. Así que nunca paramos a mirar que uno puede estar sofocando su llanto mientras trabaja porque así es la vida y tiene que seguir. El duelo no sólo me enseñó a ser más empático, pero también me trajo la voluntad de vivir con más intensidad cada vez, pues el día de mañana, ahora ya lo sé, no nos pertenecen, ni el siguiente minuto, ni el siguiente segundo.

Pasados estos seis meses, mi dolor fue sustituido por la nostalgia junto con los recuerdos de los acontecimientos y días felices que tuvimos con ella. Días que no volverán, así que al principio no sabía lo que era peor, se sentir el dolor de la pérdida reciente o añorar y no poder remedirlo. Por supuesto que a lo largo de los meses uno va construyendo su vida alrededor de esa añoranza. Aprendí en mi terapia que la muerte no se entiende sino que se acepta y punto. Y el duelo no es nada más que el tiempo que su mente necesita para recomponerse, para saber que algo ha cambiado, por lo que debe seguir adelante.

En este redescubrimiento y búsqueda de un nuevo sentido en mi vida, vi lo importante que era rodearme de amigos que estaban allí preparados para cuidarme y ayudarme. El amor incondicional de mi marido Beto, fue uno de mis grandes pilares durante el duelo. De hecho, no sé qué habría sido de mí sin él. Desde el primer momento de la muerte de mi madre él se quedó conmigo, incluso durante la noche, mientras yo aún estaba asimilando la noticia, pues en estas horas no se puede pensar con mucha claridad. Me acuerdo de él a mi lado llorando y abrazándome, llevándome café, agua y tabaco, me estuvo cuidando como un verdadero compañero y mejor amigo. Después del entierro nos fuimos a mi casa porque yo necesitaba dormir y él tras haberse quedado despierto toda la noche como yo, siguió allí cuidando de mi sueño. Al día siguiente, me llevó a su casa donde me fui cariñosamente amparado por Teresa, mi suegra y una segunda madre que se ocupó de mí como se cuida a un niño pequeño; me llevaba la comida en la cama, me abrazaba, me dejaba llorar… Además, decía ella que llorar me vendría bien por lo que debería permitírmelo. Beto no me dejó sólo ningún momento. Incluso cuando no podía estar cerca me llamaba y durante los primeros días quedaba conmigo viendo la televisión, íbamos a dar un paseo para distraerme un poco. Sentirme realmente amado y acogido fue el mejor analgésico ante aquél dolor insoportable.

Pasado un año, me di cuenta de que finalmente la vida siguió y yo seguía con ella reanudando mis planes sin estas chispas de ansiedad y desesperanza. A veces mi mente aún intenta engañarme enviándome una serie de imágenes y recuerdos como si fuera una retrospectiva, abriendo otra vez aquella puerta de ese sentimiento de tristeza y soledad, pero inmediatamente lo convierto en gratitud y orgullo por lo hecho de que fui capaz de reconstruirme para seguir adelante y entonces todo mejora.

Y en verdad, con todo esto descubrí que alguien muere sólo cuando ya no lo tenemos en nuestro corazón, en nuestros pensamientos. Ella sigue viva, muy viva y sólo se fue su representación física, pero el amor por ella, junto con lo que nos enseñó nunca morirá y esto será nuestra unión eterna.

Hoy, después de dos años y nueve meses de su partida, sé que soy alguien mucho mejor de lo que era, digo, menos egoísta, menos fútil, intentando cada vez más practicar el altruismo que ella me dejó como una de sus grandes lecciones. Y al duelo debo todo este descubrimiento, ya que me hizo ver que valoramos cosas tan pequeñas que no nos damos cuenta de que el regalo más grande no tiene nada que ver con lo que puede comprar el dinero: mi familia, mis buenos amigos, mis perros, un día de lluvia, una película con mi marido, café recién hecho… Esa fue la mejor manera que encontré para mantenerla conmigo, amando más, expresándome más y practicando todo el bien que ella hacía.

Y pasado todo eso, lo que tengo a concluir es que debemos vivir nuestro duelo dejándolo que él tome su espacio y traiga consigo todos los cambios y novedades para nuestras vidas. Debemos despedirnos de nuestros seres queridos y seguir adelante, pues si estamos aquí significa que todavía hay algo que debe ser concluido. Vive tu vida intensamente, ama con todo tu corazón, valora a todo lo que tienes. Esa es la mejor lección y permitirla es lo mejor que puedes hacer.

Y sí, mamá, te lo agradezco. Por haberte sido tan valiente y auténtica. Gracias por lo que soy aunque no estés aquí. Aún estoy aprendiendo cómo hacerlo, pero sigo adelante. Y lo hago por ti.